No. No tengo inspiración. Este es sólo un recordatorio de cómo me siento hoy. Amanecí de buen humor y pensando que nada es permanente. Que voy a estar bien. Todo fluye con lentitud, pero decidida a hacer ese viaje para que me den una tercera opinión y no dejarles que me pasen cuchillo -al menos no en los lugares que no lo requieren-. Decidí ir a mi país, donde los médicos son humanos, todavía te escuchan y atienden y donde las enfermeras sólo están para asistir al médico, no a suplirlo.
Tengo las manos y la lengua seca. Una pancita de aceituna, como si en mi vientre existiera un pequeño chamaco creciendo. Siento los restirones en la piel y la fuerza de la que hablaba Newton -acompañada de cierta presión ejercida hacia todas las direcciones posibles- y veo como se expande día con día. Pero desafortunadamente, no es un pequeño. Es algún alienígena que se apodera de mis entrañas para causar estragos, apachurramientos e indigestión.
Anoche el que vive conmigo me llevó a cenar. Ya no puedo comer decentemente sin sentirme que me hincho como pelota y que después de las horas de digestión, sigo como pez globo moviéndome con cuidado para que alguna de esas protuberancias no explote. A veces siento como algo por dentro se desliza y rueda, claro, con la sensación de los tirones y jalones que eso implica.
A pesar de todo, mi ánimo es perfecto. Tengo que concluir un último proyecto para con calma y sin pendientes irme a lo que me espera. Un sin número de estudios y la posible solución a mi "condición"... que ya me dió flojera llamarle problema. Prefiero estar pasando por estas en compañía de los míos, a pasarla sola y desatendida en la tierra del todavía arbusto. Piano piano, si va lontano.