lunes, diciembre 25, 2017

Ausencias

La primera vez que experimenté una ausencia, aunque temporal, fue cuando mi hermana menor y yo nos perdimos en Paris.
Eran los 80s, y caminando cuadras atrás de Printemps la peque y yo tomadas de la mano caminábamos tras nuestros padres y hermano, como en fila india ellos, nosotras en paralelo.
En una esquina, doblan a la derecha, nosotras seguimos y cruzamos la calle... 7 hrs. de angustia tanto para padres como nosotras - aunque nos metieron en una tienda y en servicio al cliente nos dieron chocolates, crayolas y papel -.  La ausencia fue temporal, pero un susto tremendo pensar que estábamos en un pais ajeno y sin hablar el idioma, pensando que no volveríamos a ver a los nuestros.
Afortunadamente todo pasó.

La segunda vez, cuando mi mamá nos despertó para avisarnos que el abuelo paterno había perecido. Fue algo extraño, porque a pesar de que al momento lloré, ya era una persona muy grande y en cierta forma, su muerte no tan impactante. Sólo veía sufrir a papá.

La tercera y la que directamente me impactó y me dejó traumada, fue la muerte de papá. Siempre tan fuerte, era imposible creer que se había ido. Recuerdo cuando en el velorio contaban chistes y me parecía de lo más grotesco y fuera de lugar. Yo vivía mi dolor mientras todo lo demás seguía normal. El mundo se detuvo para mi, pero para los demás sólo era un día más.

Luego murió la abuela paterna, ajena a nosotros, en realidad no me afectó. Me afectó más ver a los hermanos de mi papá en el velorio de la abuela, pues el menor de ellos, parecía el gemelo de papá. Era como si papá se hubiese levantado de entre los muertos.

Años después, falleció la abuelita materna, un bello ángel que dejó nuestras vidas a sus 93 primaveras. Dolor fuerte, pero al igual que el abuelo paterno, no tan impactante.

Y hace siete años... la ausencia que destrozó mi identidad... sacudió mi existencia y acabó con mi antigua yo... Mamá quien fue secuestrada por el enemigo silencioso, quien le arrebató la vida.

Diciembre y enero, siempre decía... eran meses de "desviejadero". Mamá y papá fallecieron respectivamente en esos meses. Tal vez por eso, es cuando cada año esos meses me parecen fastidiosos inconscientemente y casualmente en esas fechas siempre tengo un resfriado o algún padecimiento pulmonar. (He logrado evitarlo hasta el momento este año).

El hermano mayor está en etapa terminal de su enfermedad. Hepatitis autoinmune, dejando su hígado cirrótico y con encefalopatías cada día más seguidas. Nos dio un susto el pasado fin de semana, cuando en una de sus incoherentes noches, caminando por la casa, cayó sobre una mesa de cristal, cortándose una mano. Lamentablemente, es una bomba de tiempo. En cualquier momento puede perecer y lo más complicado es estar tan lejos. Tan lejos y sin poder confiar en la propia familia. Es triste. Muy triste. Pero no queda más que aprender de las ausencias anteriores y prepararse para lo fuerte, que pronto llega.


1 comentario:

Animal de Fondo dijo...

Esta vez fui yo quien tardó en leerte.
Es increíble lo bien que te entiendo.
Abrazos.

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