martes, junio 02, 2009

Conciencia

No dejo de pensar en que lo que sucedió con aquél avión francés
procedente de Brasil, le podría pasar a cualquiera. Sobre todo uno
como viajero frecuente, aunque no tan frecuente como otr@s amig@s, el
viernes que venía de regreso de "las carolinas", me tocó un vuelo
bastante desagradable.
Había tormenta que viajaba de oeste a este (es
época de tornados y tormentas eléctricas) y la turbulencia ésta vez me
sacó de mi lectura y no pude evitar entrar en estado de alerta. Traté
de relajarme respirando profundo y tratando de meditar. No me fue
posible, ví las caras de mis compañeros de vuelo... la chica junto a
mi cerró su libro, cerró los ojos y comenzó a rezar.
Yo veía por la ventana aquellas nubes algodonadas y obscuras, pensando
y no queriendo pensar en lo que podría ocurrir estando a esas alturas.

Nunca he tenido miedo a volar y por primera vez, tuve conciencia de
ése pánico que mi pobre madre siente sólo de pensar en subirse a un
avión. Conciencia de que no hay nada bajo tus pies, sólo un pequeño
piso que como tú, está lejos, muy lejos del verdadero suelo.

Pensé en mis sobrinos y en mis padres, mis hermanos. Luego en mi
abuelita y traté de relajarme. Comencé a respirar profundo y en lugar
de reaccionar a aquellas burbujas de aire, traté de fluir con ellas,
una danza que con mi respiración logró desvanecer lo desagradable.
Aterrizamos antes de lo programado y tranquilamente.

No puedo imaginar el terror que la gente de aquél vuelo ha de haber
vivido, ni dejo de pensar en esos pequeños niños y aquél bebé. Ni dejo
de pensar que esto le pudo haber pasado a cualquiera, a mis amigos
viajeros, a algún familiar o conocido. Espero que el más viajero que
conozco se encuentre bien.

No me queda más que guardar silencio y apreciar que no, no era mi hora.

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